sábado, 8 de marzo de 2008

Los Paisajes Fantásticos (IV)

2. En Busca del Paisaje Mítico.

Toda persona en uso de razón conoce el límite entre lo real y lo irreal, entre lo posible de lo que no lo es. No obstante, al escribir un relato, el autor dispone de la libertad de hacer desaparecer dicho límite. Nada impide al escritor crear personajes, situaciones y entornos completamente irreales. La imaginación... ¿crea de la nada? Pensamos que no.

En este capítulo intentaremos localizar los referentes, los paisajes tradicionales míticos que pudieron influenciar las obras de la literatura fantástica. Lugares como Avalon y Camelot (la tradición céltica del Rey Arturo), el Olimpo de la mitología griega, el Paraíso del Antiguo Testamento (y sus equivalentes en las religiones monoteístas), Arcadia, Shangri-La, El Dorado, el Valhalla de la mitología nórdica (paraíso de descanso de los grandes guerreros), o incluso el Infierno (Dante) por poner algunos ejemplos. Desde el Paraíso terrenal de la Biblia hasta el monte Olimpo donde moraban los dioses de la mitología griega.
Son lugares fantásticos que han servido de modelo de referencia a muchos paisajes imaginarios posteriores, una raíz común que ha permitido a los autores trabajar sin crear desde la tabula rasa. Algunos son lugares nacidos de los mitos religiosos, otros son mitos de los conquistadores y aventureros, otros son hechos históricos que el paso del tiempo han distorsionado hasta convertir en leyendas.
Extremo Oriente, África, Norteamérica o Oriente Medio también tienen sus lugares míticos, sus paisajes imaginarios particulares. Y es que hay otros paisajes fantásticos ajenos a la cultura occidental, pero no vamos a tratarlos más allá de simples menciones y pinceladas.

• Arquetipos y Modelos. El mito y la leyenda.
El ser humano siempre creó mundos fantasiosos paralelos al de la realidad con el objetivo de escaparse de la misma, buceando en su interior en busca de la verdad. Así aparecen los mitos en todas las primitivas sociedades del mundo, relato tradicional que recrea las actuaciones de personajes extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano. Los mitos forman parte de la tradición de cada pueblo, conformando parte importante de su idiosincrasia, y como fábula o ficción fantasiosa -especialmente en materia religiosa- crean mundos paralelos, dioses, semidioses y un sinfín de criaturas fantásticas: ninfas, sátiros, centauros, grifos, esfinges, oráculos, arpías, y muchos otros seres extraordinarios, mágicos, eran los habitantes del antiguo mundo mítico.
Los pueblos antiguos creían en la verdad de lo que refería un mito, y puede considerarse que los mitos tienen realidad en la medida en que simbolizan todo aquello que escapa a la razón humana. El pensamiento religioso de los pueblos primitivos se expresa, casi exclusivamente, en mito, y todas las religiones, tanto las desaparecidas como las que existen en la actualidad, tienen un elemento mítico más o menos importante. La antropología moderna estudia los mitos desde el punto de vista psicológico.

El primer lugar fantástico, no real, que el hombre intentó imaginar y describir (mediante palabras escritas, palabras narradas o representaciones gráficas) fue la morada de sus dioses. Los dioses eran seres superiores que residían en una morada ideal, un lugar maravilloso acorde con sus poderes omnipotentes y omniscientes. ¿Y cómo era ese lugar? Pues, según los antropólogos, tal y como era el mundo que conocía el hombre: frío para los norteños, cálido para los africanos, fértil para los mediterráneos,... De hecho eran lugares moldeados a imagen y semejanza de lo que el hombre conocía, aunque añadiendo esas cualidades que lo convertían en un lugar ideal y eliminando todos los problemas, las penurias, las catástrofes y las carencias: jamás faltaba comida en la mesa (la tierra era fértil), jamás faltaba vino o agua en la jarra, la caza era abundante, la paz reinaba por doquier, el clima era benigno... Por ejemplo, los pueblos griego y romano también establecieron una fuerte vinculación divina con el mar, a través del dios Poseidón o Neptuno, e idealizaron su morada en las profundidades del Mare Nostrum.

Hay lugares y paisajes que tienen una fuente literaria que el imaginario colectivo ha convertido en leyendas, pero que si nos remitimos a los orígenes de la narración, a la raíz del mito, podemos llegar a localizarla en un lugar concreto y real.
Posiblemente, de todos los formatos posibles para plasmar las características de un paisaje, la palabra escrita sea el más vacuo (el menos concreto, el más interpretable y volátil) de todos.
La imagen, sea mediante fotografía, película, dibujo (a lápiz, a carbón, óleo o acuarela) tal vez es el medio más habitual para explicar a un tercero las características de un lugar. Otros sistemas, más técnicos y con lenguajes más elaborados, podrían ser los planos, la cartografía, las ortofotografías,... la documentación gráfica plasmada en dos dimensiones.
También es posible transmitir datos sobre un paisaje grabando los sonidos propios del lugar, o incluso tomando muestras de la biodiversidad vegetal del lugar para retener olores y sabores.Muchos son los lugares que las leyendas y los mitos han convertido en lugares fantásticos pero que el hombre, en su afán de conocimiento (y de riquezas) ha buscado, casi siempre en vano, a lo largo y ancho del globo terráqueo: El Dorado, la Atlántida,... A pesar de todos muchos de estos lugares fantásticos tienen una referencia real, un lugar que las historias exageraron y ampliaron su verdad, y se convirtieron en mitos. Así, Camelot podría ser Camulodunum (nombre romano de la actual Colchester) y el Rey Arturo un general romano llamado Arturius, o el monte Olimpo de los dioses de la mitología griega sería el mismo monte Olimpo que se levanta en Grecia más allá de los 2900 metros de altura. Y las teorías siguen colocando a la Atlántida en mitad del mar Atlántico, o en las islas Canarias, o incluso en la isla griega de Santorini, arrasada en la antigüedad por un volcán. ¿Y las Siete Maravillas del mundo antiguo?¿Son todas ellas reales? Sin duda, del listado del siglo II a.C. (según algunos, de Antiparo de Sidón y, según otros, de Philo de Bizancio) encontramos restos arqueológicos que demuestran la existencia de, al menos, cuatro de ellos: las pirámides de Gizeh, el faro de Alejandría, el templo de Artemisa en Efeso y la estatua de Zeus en Olimpia. De los jardines colgantes de Babilonia, del Coloso de Rodas y del mausoleo de Halicarnaso (y de la Puerta de Istar en las murallas de Babilonia, que a veces también se menciona en el listado) no nos ha llegado prueba alguna, física, de su existencia pero los relatos y las descripciones que ha dejado la antigüedad sobre ellos nos permiten teorificar que no fueron lugares imaginarios.

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