sábado, 5 de diciembre de 2009

Los Paisajes Fantásticos (XXIII)

5. Conclusiones (y 3).

Una imagen vale más que mil palabras, dicen.

Hace tiempo que la tradición oral, vehículo de las historias en la antigüedad, ha fallecido devorada por la acumulación de imágenes. Historias como la caída de la ciudad de Troya o el hundimiento de la Atlántida en el fondo de los mares llegaron a nosotros tras un largo camino de muchos siglos, pasando de narrador a narrador. Este trayecto convirtió estas historias en narraciones vivas, mutables, que fueron sufriendo modificaciones con cada nuevo narrador, que la transmitía luego, a su vez y de generación a generación, con pequeños cambios, añadiendo detalles personales, sus impresiones particulares o nueva información. Bardos, juglares, cuentacuentos y poetas trasmitieron desde tiempo inmemorial la cultura
, la historia, la experiencia y las tradiciones de una sociedad, su folklore particular (anónimo, espontáneo, antiguo, funcional y empírico) a través de relatos, cantos, cuentos, oraciones, leyendas y fábulas. El conocimiento llegaba al pueblo solamente por esta vía y otros sistemas de transmisión de la información, como la literatura o la pintura, estaban reservados a las clases más privilegiadas de una sociedad profundamente jerarquizada o al clero.
Hoy vivimos en la llamada era de la información (de la tecnología y de la informática), pero también en la era de la imagen. La imagen es el vehículo esencial de la información en nuestra sociedad. Cualquier turista viaja siempre acompañado de su indispensable cámara de fotografías (digital) para capturar instantes, imágenes de lugares que se convertirán en recuerdos inmortalizados y, a su regreso, los pases de diapositivas y de fotografías reemplazan a la palabra. Vistas parciales, instantáneas, sumadas y mezcladas en la memoria del viajero y, literalmente, recompuestas en el relato que hace de ellas o en el encadenamiento de las diapositivas. El viaje construye entonces una relación ficticia entre la mirada y el paisaje. Ya nadie describe lo que ha visto: muestra una fotografía.

Los paisajes fantásticos no son dominio exclusivo del mundo natural. Tal y como hemos explicado a lo largo de la artículo, el paisaje urbano también puede tener sus arquetipos míticos y, como lugar y paisaje, también los hemos tenido en cuenta. Así, la Atlántida como modelo de urbe y ejemplo de sistema político eficiente o Camelot como ideal del castillo medieval: torres altas, almenas, murallas ciclópeas, puentes levadizos, barbacanas, troneras,... Quizás la discusión iría más encaminada a definir con mayor concreción el concepto de paisaje, y establecer que se incluye y que se excluye de él, pero este debate no nos corresponde a nosotros.
Aún así, algunos lugares son fantásticos, mágicos, legendarios desde el momento que la mano del hombre no ha tocado el lugar, y mantienen su virginidad intacta. El Mundo Perdido de Conan Doyle se mantiene inalterado, al margen del resto del mundo industrializado, salvaguardando un vergel escondido con criaturas que se creían extinguidas. O el bosque de Lorien, al cuidado de los elfos de Galadriel, se ha mantenido inexpugnable ante el avance de las hordas oscuras de Sauron y sigue siendo el santuario de la naturaleza en la Tierra Media.

A lo largo de la artículo, además del dilema que hemos comentado entre el paisaje imaginario humanizado y no humanizado, también hemos planteado la dicotomía realidad/ficción que existe en los lugares imaginarios. ¿Cuáles son reales?¿Cuáles existieron en un pasado lejano pero han llegado hoy, hasta nosotros, como simples leyendas, mitos y cuentos distorsionados por la distancia y por la tradición oral? Para lo que a nosotros nos concierne, no tiene importancia si los lugares imaginarios que tomamos como modelos y arquetipos de la cultura moderna, como cuna de la civilización y fuente de las leyendas y los mitos existieron o no en un remoto pasado.
Y es que importa poco si el continente perdido de la Atlántida fue, en realidad, una exaltación de la cultura existente en la isla de Thera (hoy Santorini) antes de la catástrofe que la hundió en el fondo del mar Mediterráneo en el siglo XVI a.C., o si la Atlántida estuvo ubicada en la isla de Pharos (frente al delta del Nilo), en la cordillera del Atlas, en la desaparecida civilización de Tartessos (en las proximidades de Cádiz) o en el antiguo lago de Tritonis (hoy, marismas de Chott el Djerid y Chott Melrhir). El único hecho relevante es su influencia sobre la cultura helénica, sobre la cultura ptolomea en Egipto y las naciones de la antigüedad que surcaban el Mare Nostrum, como los Fenicios o los Etruscos, y como ésta ha llegado hasta nosotros después de pasar por todos estos filtros.
Y importa poco si Troya fue, como los descubrimientos del alemán Heinrich Schliemann han demostrado, un asentamiento heleno en una colina de Asia Menor si aún quedan muchos datos envueltos en la bruma, y el mito ha traído hasta nosotros la caída de la ciudad mediante la artimaña del caballo de madera ideada por Ulises, o la muerte del bravo Aquiles por una herida en el talón. El dato principal es la influencia del mito en la cultura occidental, despertando la curiosidad de arqueólogos y el interés en la obra de Homero.
Y no importa nada si El Dorado sigue esperando, oculto entre las selvas amazónicas, a que los conquistadores españoles lleguen algún día hasta sus puertas, o si una excavación arqueológica descubre en el subsuelo de la ciudad inglesa de Colchester los restos del antiguo castillo de Camelot.
Solamente importa que la realidad y la ficción se dan la mano y siguen el mismo camino. La verdad queda olvidada atrás, envuelta en las brumas del tiempo, oculta entre capas y capas de espeso polvo. En el lejano pasado en el que los mitos fueron reales... pero menos míticos.

Finalmente queremos mencionar que, conscientemente, hemos dejado de lado algunos temas vinculados, directa o indirectamente, con los lugares imaginarios nacidos en el seno de la literatura fantástica como la criptozoología (la ciencia que, etimológicamente, trata los animales ocultos o críptidos y que son desconocidos para la ciencia oficial) o la fina línea que separa la religión del mito.
En el primer caso es evidente que los lugares imaginarios, en la mejor tradición de los bestiarios medievales, están repletos de críptidos y otras bestias imposibles, seres puramente imaginarios que jamás han existido (los basiliscos, los dragones, los kobolds, las hadas,...) que podrían servir como contenido de un libro de texto en las clases de biología de Harry Potter, pero el análisis detallado de este aspecto de los ecosistemas imaginarios sería excesivo.
En el segundo, el tema se nos hubiera escapado de las manos con toda seguridad. Aventurar una hipótesis para el origen de la religión como creaciones imaginarias de mentes supersticiosas sería complejo. Los miles de dioses y diosas, duendes y demonios, de las mitologías mesopotámicas, egipcias, griegas, romanas,... respondían a preguntas sin respuesta del conocimiento científico primigenio pero... ¿qué decir de las religiones que aún hoy siguen vigentes, el islamismo, el hinduismo o el catolicismo y sus dioses y figuras religiosas santificadas?¿Son estos seres fantásticos, creación de mentes humanas y nada más? Dejemos este espinoso tema en otras manos.

Y es que los paisajes fantásticos tal vez sean mundos posibles, pero no existen, no ocupan ningún punto en el espacio y el tiempo y se escapan del dominio de la probabilidad. Aunque para algunos, son tan reales como su propia vida.